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La Paloma

 

Elsy Calderón Orozco, esposa de José Pardo Llada, me pidió, hace unos  días, en gesto que destaco y agradezco de corazón, hacer uso de la palabra en el segundo aniversario de la partida del amigo y líder, a quién tuve el honor de acompañar y apoyar durante 25 años en su trabajo periodístico y social, siempre a favor de la honradez y de los más débiles.

Cuando conocí personalmente a José en 1984, ya venía de librar muchas batallas y había sembrado y cultivado la semilla de su carácter transformador que partió en dos la historia política de  la ciudad que cerró filas alrededor de sus ideas y ejecutorias, contra “la corrupción y la politiquería “.

Que desparpajo, señores, una voz sin precio ni temor, fue la frase que consagró a José Pardo Llada, antes de salir de Cuba, donde no había espacio para dos líderes de tan inusitada fuerza, como Fidel Castro y el hijo de Sagua la Grande.

 

José Pardo Llada es un nombre enclavado en la memoria histórica de Cali. No me refiero a la que cambia con las generaciones, el tema de moda o la publicidad.

Hablo de la memoria histórica. La que logra trascender y  superar momentos, la que decanta aportes, hechos y personajes, que verdaderamente han logrado marcas épocas, tendencias, comportamientos y cambios en los pueblos. Me refiero a la cultura cívica, al orgullo por lo nuestro, a la defensa del ejercicio de una política limpia; todos estos, valores que la enorme personalidad de José Pardo Llada logró plantar en el ánimo de una Cali  cansada de lo mismo y de los mismos, durante décadas.

Pareciera que hoy sus palabras y propósitos tuvieran más vigencia que en aquel entonces.

Y, como en vida debe uno demostrar al amigo su afecto y compromiso, asumí, con pocas posibilidades pero con mucha convicción, el propósito de llevar a José de regreso a su patria como la aspiración de que pudiera cerrar el ciclo  de su trasegar entre Cuba y Colombia, para que volviera a respirar la brisa del Malecón, y pudiera  reencontrarse con su esencia, nunca olvidada pero jamás  causante de amarguras.

Durante nueve días gozó y lloró, en compañía de Elsy, embargado de nostalgias.  Se sentó en las escaleras de la Universidad de La Habana, visitó sus plazas y edificios emblemáticos, encontró sus libros en ventas callejeras, Alicia Alonso lo distinguió y saludó cuando fueron a ver el Ballet Nacional y se despidió de su patria al son de La Paloma, interpretada por un trío cuando dejaban el mágico ambiente del Hotel Nacional.  Pasaron, desde entonces, cinco años en los que, hasta el último día, cumplió con el oficio de periodista que lo convirtió en leyenda.

Enumerar las memorias y recuerdos vividos en cinco lustros al lado de Pardo Llada sería interminable.

Destaco su bohonomía, la nobleza de su carácter, su rectitud, su alegría, su extraordinario sentido del humor, y, por último, quiero referirme a la exquisitez de su sensibilidad hacia la literatura y la poesía, faceta un poco oculta, por cierta timidez para mostrar el corazón desnudo, siempre unido a la literatura y la poesía cubana con José Martí, Eliseo Diego y Gastón Baquero a quien cito como su preferido con una pieza inmortal, no muy conocida, llamada Discurso de la Rosa en Villalba, en la que lo parodio para decir: Pardo Llada vivirá “en ese rincón de la memoria  que va a sobrevivirnos y a mantener en pié la luz de nuestra alma ,cuando hayamos partido “.

 

Lida María Roldán Collazos

Agosto 7 de 2011